La vida sobre dos ruedas

La conducción de una moto me parece algo apasionante porque te proporciona una sensación de libertad como pocas cosas pueden ofrecer. La moto te mueve a ti, pero tu la mueves a ella girando tu cuerpo y enderezándola de nuevo tras la curva con un fino movimiento de cadera. Se produce una fusión entre máquina y piloto perfecta. Realmente, la conducción de una moto es todo un privilegio. Y el privilegio siempre debe ir acompañado de la responsabilidad. Ambos conceptos van juntos y no los podemos divorciar nunca. Una mala caída puede tener consecuencias fatales. La conducción debe ser sensata y segura, es decir, responsable, sin maniobras arriesgadas ni precipitaciones o de lo contrario podría producirse una caída que podría resultar fatal.
La vida de casi cualquier ser humano se parece mucho a ir en moto. El acto de vivir se aprecia a medida que vas quemando etapas. A esto se le llama “vivencias”, y éstas, las vivencias, son las que, finalmente, conforman nuestro carácter y la manera de afrontar la vida. Esto, sin duda, es un privilegio que comporta nuevos retos, nuevas perspectivas, nuevos desafíos, y nuevos planteamientos para enfrentar los viejos problemas de siempre que nos afectan a todos por igual. Y ahí precisamente, es donde entra en juego la responsabilidad. La vida es un privilegio cuando la vives con responsabilidad. Ese es el mensaje bíblico que el ser humano ha tenido que aprender desde la caída en el pecado. Esa caída resulto fatal por usar mal el privilegio que nos fue dado, vivir con libertad. De este modo, el privilegio de la libertad sin la compañía de la responsabilidad resultó en un desastre que es evidente: muerte, llanto, clamor y dolor. Desgraciadamente, la responsabilidad no es inmune a estas experiencias negativas.
Dios prometió salvarnos de las consecuencias nefastas de nuestra falta de responsabilidad y de las experiencias negativas que derivaron de ella, y cuando vino “el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4), Dios, en la persona de Cristo, lo hizo, cuando el tomó sobre sí mismo la muerte, el llanto, el clamor y el dolor (Apocalipsis 21:4). Durante toda su vida, Jesús nos enseñó a vivir con responsabilidad. Tengo algún reparo en decir que para Él, hacerse hombre fue un gran privilegio por el hecho de que a nadie le gusta ir de más a menos (ver 2ª Corintios 8:9). Más bien, creo que dejando el privilegio de ser Dios y actuar como tal en su esfera natural, tomó en sus manos la responsabilidad de la salvación de la raza humana (ver Filipenses 2:6, 7). Y eso pasaba por nacer, vivir y morir. Enorme responsabilidad que, afortunadamente, no quiso eludir (ver Mateo 16:21-23; Juan 12:27) y no eludió (ver Mateo 26:39; 53-56). Pero debo admitir que para Dios fue un privilegio amarnos y mostrar ese amor asumiendo una responsabilidad que le suponía enfrentar el sufrimiento y la muerte (ver Juan 3:16).
Para Dios, pues, la responsabilidad ejercida se convirtió en el mayor de los privilegios: vivir una vida de obediencia a la voluntad de Dios y de servicio al prójimo. Esa es la vida plena, privilegiada y responsable, que Jesús quiere otorgarnos (ver Juan 10:10). Desafortunadamente, me da que son muchos los que viven esta vida reclamando privilegios, y evitando responsabilidades, tanto dentro como fuera de la iglesia. Cual motero advenedizo o insensato, disfrutan del privilegio de una conducción poco responsable sin reparar en las consecuencias que esto puede acarrear. Asumen riesgos innecesarios fruto del orgullo, del egoísmo, de la pasión descontrolada, de la ignorancia voluntaria... en definitiva del pecado que nos mancilla y nos aliena del tomar conciencia de nuestro verdadero privilegio: ser hijos de Dios, y de nuestra gran responsabilidad: comportarnos como verdaderos hijos de Dios.
Son muchos los que viven sin haber aprendido a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios tal cual fue expresada en la vida de Cristo. La Biblia sigue proclamando la Buena Noticia de la salvación por medio de la fe en Cristo, y también la responsabilidad de una vida consecuente y coherente con la voluntad divina en todos los aspectos de la vida que no es dada.
¡Disfruta el privilegio de vivir responsablemente para Dios en casa, en la iglesia y en la sociedad!
