13 julio 2011

Deformadores


El s. XIV fue testigo del nacimiento de un hombre que cambiaría la historia del cristianismo. Ese hombre llamado Juan Wiclef marcó una época en la historia de la verdad bíblica, y fue el pionero o padre de los llamados en el mundo protestante “reformadores”. Sus dos grandes lemas fueron:

1. La salvación por medio de la fe en Cristo.

2. La infalibilidad única de las Sagradas Escrituras.


El llamado Movimiento Adventista surge en un contexto histórico peculiar definido en la profecía bíblica. A partir de mediados del s. XIX la verdad bíblica siguió alcanzando hitos gracias al estudio e investigación de hombres y mujeres que usados por Dios redescubrieron la importancia del sábado como día de descanso y adoración, así como de otras importantes doctrinas bíblicas, entre otras, la no inmortalidad del alma, el santuario, la segunda venida de Jesús.


En la historia de un movimiento, cualquiera que sea, es inevitable que siempre surjan personas que en su afán de querer hacer muy bien las cosas, descubren otras verdades que no habían sido verificadas con anterioridad y que, por tanto, habían quedado ocultas. Este hecho que a primera vista parece bueno, loable y necesario, en algunas ocasiones no lo es. Y no lo es porque, en su particular visión de las cosas, esas verdades que ellos han redescubierto, en realidad, dicen ellos, han sido ocultadas intencionadamente. Desde ese momento, la conspiración está servida. Pero la pregunta es: ¿Hay evidencias suficientes como para creer que estamos verdaderamente ante una conspiración en la Iglesia Adventista, o se trata más bien de teorías conspiratorias lanzadas por "conspiranóicos" (dícese de aquellos que siempre buscan, y terminan encontrando (¿?), o mejor dicho inventando los tres pies al gato)?


Lo último en conspiraciones dentro del adventismo viene de la mano de un grupo de personas que afirman que la Trinidad es una doctrina católica y por tanto equivocada, y eso convierte a la Iglesia Adventista en Babilonia (confusión). Me pregunto como pueden ignorar que Babilonia está constituida por las falsedades del domingo como día de adoración y la inmortalidad natural del alma, principalmente, y nunca por la trinidad. Por supuesto que en sus argumentaciones no faltan las citas bíblicas, así como las citas de algún padre de la iglesia, y, como no, las citas del espíritu de profecía más reciente, pero, eso sí, las originales, las manuscritas y no las editadas por el White State, que según ellos están manipuladas y por tanto conducen al error. Por eso, “es necesario hacerles frente y oponérseles, no porque sean hombres malos, sino porque enseñan errores y procuran poner sobre la mentira el sello de la verdad” (Iglesia Remanente, 81).


Se me antoja que esta clase de personas más que reformadores, son deformadores por dos motivos fundamentales:

  1. No atienden más a que a sus propias razones e ideas. No ocurrió así con los auténticos reformadores del pasado, a quienes la iglesia "oficial" de aquel entonces, la católica, no supo dar respuestas bíblicas coherentes ni convincentes a un claro “así dice Jehová”.

  1. Actúan por inducción y no por convicción. Los reformadores actuaban movidos por sus convicciones personales acerca de las Escrituras en contraste con los errores que predicaba el papado. Nunca fueron rebatidos con argumentos, sino por medio de la coacción y la amenaza. Los deformadores actúan por ciertos resentimientos que los llevan a forzar la verdadera historia de las cosas y en algunos casos niegan rectificar su postura cuando sus argumentos son respondidos y neutralizados por medio de una contraargumentación sólida y coherente.

Ante la propaganda del deformador cuida bien tu corazón, y no permitas que ninguna raíz de amargura, rencor o resentimiento del pasado respecto a un hecho o a un hermano de iglesia te pase factura en el presente. Suele pasar que estas tres palabras recién mencionadas que empiezan por “r” son las que casi siempre inducen a dar pasos precipitados que conducen a sendas extraviadas.


Lamentablemente estas nuevas corrientes deformadas ignoran mensajes claros y reveladores que ponen de manifiesto la deformación de sus aseveraciones y que ya fueron utilizadas en el pasado para advertir a los pioneros de la deforma:


“En el folleto publicado por el Hno. S. y sus asociados, acusa a la iglesia de Dios de ser Babilonia, e insta a la gente a separarse de ella. Esta obra no es ni honrada ni justa. Al compilar ese trabajo, han usado mi nombre y mis escritos para sostener lo que yo desapruebo y denuncio como error… No vacilo en decir que los que insisten en llevar adelante esta obra están sumamente engañados.” (IR, 48).


“Durante años he dado mi testimonio en el sentido de que cuando se levantan personas con la pretensión de tener gran luz, y sin embargo abogan por la demolición de lo que el Señor ha estado edificando por medio de sus instrumentos humanos, esas personas están muy engañadas y no trabajan en colaboración con Cristo. Los que aseveran que las iglesias adventistas constituyen Babilonia, o una parte de Babilonia, deberían quedarse en casa.” (IR, 49).


Por cierto, ¿alguien puede realmente creer que Jesús volverá el 15 de octubre?


“Estamos cerca del fin, pero si a usted o a algún otro seduce el enemigo y lo induce a fijar la fecha de la venida de Cristo, estarán haciendo la misma mala obra que causó la ruina de las almas de los que la hicieron en lo pasado.” (IR, 92).


Si una cosa me queda clara después de leer esta cita y las famosas citas bíblicas sobre este tema (Mateo 24:36; Hechos 1:7), ¡es que Cristo no volverá el 15 de octubre!

08 julio 2011

Poderes


Lo quieras reconocer o no, tan sólo existen dos poderes en este mundo que controlan tu vida. En estos días en los que se habla de falsas democracias, sociedades secretas, club billderberg, iluminatis, así como otro tipo de teorías conspiratorias a cual más retorcida (a esto creo que se le llama "conspiranoia"), la realidad es que como ser humano estás bajo la influencia de dos poderes: el poder del pecado y el poder de la ley.


Pablo explica claramente esta realidad en el capítulo 7 de Romanos. Allí nos presenta su propia experiencia. Es la experiencia del hombre que es plenamente consciente de su propia incapacidad para obrar el bien que Dios desea para cada uno de nosotros. De sobras son conocidos los pasajes en los que Pablo habla de estas cosas (ver Romanos 7:14-15, 18-21).


Pablo toma conciencia de esta realidad cuando el poder de la Ley de Dios resuena en su mente con toda intensidad y le hace sentir su culpabilidad. ¿Cómo es posible que en el pasado, aún conocedor de la Ley de Dios, de los 10 mandamientos, nunca me hubiera sentido así respecto a mí mismo?, se preguntaba. Pues, sencillamente, porque, cómo él mismo dice, su conciencia no había sido despertada a la verdadera realidad de la Ley, es decir, al verdadero poder de la Ley que nos lleva a ver y a reconocer nuestra deplorable e impotente condición humana (ver Romanos 7:8-12). Por mucho que lo intentes nunca llegas a ser lo suficientemente bueno para satisfacer las demandas de la Ley.


La pregunta es, ¿cómo es posible que millones de personas vivan ignorando esta cruda realidad? Y la respuesta viene en forma de ilustración: Si colocas 100 Kgs. de peso sobre un cadáver permanecerá insensible, pero si esos 100 Kgs. son colocados encima de una persona viva, tratará de evitarlos para seguir respirando, para seguir viviendo. La Ley es para el ser humano espiritualmente muerto un peso que no se siente, sin embargo, esa misma Ley cae y oprime con todo su poder a aquel que es sensible a la voz del Espíritu, quien convence de pecado (ver Juan 16:8). Pablo llegó a lamentar su situación: “Miserable hombre de mi!, ¿quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Yo lo pregunto de otro modo, ¿cómo escapar de esta condición agobiante? ¿Será que lo mejor es ignorar todo lo que huela a religión y enviar la Biblia al garete? Pablo conocía la respuesta a su angustia existencial, porque conocía perfectamente al tercer poder que viene a romper el poder del pecado que nos domina: “Gracias doy a Dios, por medio de Jesucristo nuestro Señor” (Romanos 7:25).


Si te sientes identificado con Pablo, entonces, también te habrás identificado con Cristo. Si, por el contrario, nunca has sentido el poder de la Ley inflamando el poder de tu condición caída y pecaminosa, entonces, es que muy posiblemente seas un muerto en vida. Y si alguna vez has sentido el peso agobiante de la culpa y la miseria humana y has tratado de zafarte de esa realidad por tus propios medios, nunca llegarás al punto de sentir la verdadera liberación, si el poder que controla tu vida no es el de Cristo.


La solución pasa, no por ignorar o despreciar al primero de los poderes en liza, la Ley de Dios, una ley santa, justa y buena, sino por reconocer el segundo poder que está presente en todo ser humano, el poder de nuestra propia naturaleza humana caída, tal y como Lutero expuso magistralmente al decir: “Tengo más miedo de mi propio corazón que del papa y todos sus cardenales” (en aquellos tiempos el papado inspiraba terror a todo aquel que difiriera de sus dogmas). Y todo esto para aceptar el tercer poder en cuestión, que en realidad es el primero, el poder de Cristo, el único poder que es capaz de ofrecerte perdón y poder para vivir una vida que esté en perfecta armonía con la Ley de Dios.