Poderes
Lo quieras reconocer o no, tan sólo existen dos poderes en este mundo que controlan tu vida. En estos días en los que se habla de falsas democracias, sociedades secretas, club billderberg, iluminatis, así como otro tipo de teorías conspiratorias a cual más retorcida (a esto creo que se le llama "conspiranoia"), la realidad es que como ser humano estás bajo la influencia de dos poderes: el poder del pecado y el poder de la ley.
Pablo explica claramente esta realidad en el capítulo 7 de Romanos. Allí nos presenta su propia experiencia. Es la experiencia del hombre que es plenamente consciente de su propia incapacidad para obrar el bien que Dios desea para cada uno de nosotros. De sobras son conocidos los pasajes en los que Pablo habla de estas cosas (ver Romanos 7:14-15, 18-21).
Pablo toma conciencia de esta realidad cuando el poder de la Ley de Dios resuena en su mente con toda intensidad y le hace sentir su culpabilidad. ¿Cómo es posible que en el pasado, aún conocedor de la Ley de Dios, de los 10 mandamientos, nunca me hubiera sentido así respecto a mí mismo?, se preguntaba. Pues, sencillamente, porque, cómo él mismo dice, su conciencia no había sido despertada a la verdadera realidad de la Ley, es decir, al verdadero poder de la Ley que nos lleva a ver y a reconocer nuestra deplorable e impotente condición humana (ver Romanos 7:8-12). Por mucho que lo intentes nunca llegas a ser lo suficientemente bueno para satisfacer las demandas de la Ley.
La pregunta es, ¿cómo es posible que millones de personas vivan ignorando esta cruda realidad? Y la respuesta viene en forma de ilustración: Si colocas 100 Kgs. de peso sobre un cadáver permanecerá insensible, pero si esos 100 Kgs. son colocados encima de una persona viva, tratará de evitarlos para seguir respirando, para seguir viviendo. La Ley es para el ser humano espiritualmente muerto un peso que no se siente, sin embargo, esa misma Ley cae y oprime con todo su poder a aquel que es sensible a la voz del Espíritu, quien convence de pecado (ver Juan 16:8). Pablo llegó a lamentar su situación: “Miserable hombre de mi!, ¿quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Yo lo pregunto de otro modo, ¿cómo escapar de esta condición agobiante? ¿Será que lo mejor es ignorar todo lo que huela a religión y enviar la Biblia al garete? Pablo conocía la respuesta a su angustia existencial, porque conocía perfectamente al tercer poder que viene a romper el poder del pecado que nos domina: “Gracias doy a Dios, por medio de Jesucristo nuestro Señor” (Romanos 7:25).
Si te sientes identificado con Pablo, entonces, también te habrás identificado con Cristo. Si, por el contrario, nunca has sentido el poder de la Ley inflamando el poder de tu condición caída y pecaminosa, entonces, es que muy posiblemente seas un muerto en vida. Y si alguna vez has sentido el peso agobiante de la culpa y la miseria humana y has tratado de zafarte de esa realidad por tus propios medios, nunca llegarás al punto de sentir la verdadera liberación, si el poder que controla tu vida no es el de Cristo.


3 comentarios:
Hola Jonathan, gracias por el esfuerzo que haces al llenar el blog de entradas.
Estoy de acuerdo contigo en lo que comentas a excepción de que el antagónico poder del pecado sea el poder de la Ley.
Por supuesto considero el cumplimiento de la Ley de Dios como una de las características esenciales de los verdaderos cristianos, pero no creo que el quid de la cuestión esté en pecar o en guardar la Ley. Eso podía estar bien para los Israelitas que andaban bajo el primer pacto, pero para cualquier cristiano (incluso adventista) eso no deja de ser legalismo.
Me llama poderosamente la atención una frase de Pablo que dice que "ya no estamos bajo la Ley". La mayoría de los evangélicos han interpretado esas palabras como que la ley ya no existe, lo cual considero que es un error de comprensión.
Porque si no estamos por debajo de la Ley, es porque debemos estar por encima de ella. Y no podemos estar fuera de ella porque es eterna y perfecta.
Y ¿qué significaría estar por encima de la Ley? Que la Gracia de Cristo nos capacita, por medio del Espíritu Santo, para no mirar hacia la Ley, porque nuestros estándares están muy por encima de ella.
En eso consite la justificación por la fe. Ese es el segundo poder: el poder de la Gracia de Cristo que nos hace estar por encima de una Ley de "mínimos" (si se me permite la expresión).
Con esto confirmo que un cristiano verdadero guarda la Ley, no porque vive pendiente de ella, sino porque Dios le da un caracter de renuncia al pecado. Un carácter como el de Jesús.
Por triste que sea, si pecamos no estamos bajo la Gracia y no somos justificados. No es que si pecamos no seremos justificados sino que pecamos porque no aceptamos la justificación por Gracia de Jesús y el trabajo del Espíritu Santo.
¿Cuando somos capacitados? Cuando nos negamos a nosotros mismos y ponemos a Dios en primer lugar. Pero eso ocurrirá, en muchos casos, cuando seamos despojados de todo aquello que nos hace sentir seguros de nosotros mismos.
Te recomiendo la lectura del libro 1888 Re-Examinado, de Robert Wieland.
Que Dios te bendiga mucho.
Amigo, creo que todo es cuestión de semántica. Diferentes matices que nos llevan a una misma idea. Idea que puede llegar a ser ultrajada por la defensa de los diferentes matices subyacentes a ella misma.
Si lees entre líneas la entrada, podrás comprobar que no realizo una apología de la Ley (eso lo dejo para el salmo 119), sino una apología a no fijarnos tanto en conspiraciones de los poderes fácticos externos a nosotros mismos, para fijarnos en nuestro verdadero problema como seres humanos: el pecado que está en nosotros para llevarnos al verdadero poder que es capaz de librarnos y de hacernos libres.
Por cierto, no creo que la Ley de Dios sea una ley de mínimos, ni creo que Pablo la considerara así. Y creo que esta afirmación que acabo de realizar no es un matiz.
Un abrazo.
Publicar un comentario en la entrada