23 diciembre 2010

El villancico de la buena voluntad


Es frecuente en estas fechas cantar villancicos. Algunos de estos villancicos suponen una auténtica afrenta a la encarnación, pero algunos otros son realmente bonitos y plasman de manera sencilla el evento que dio inicio al plan de la redención.


Ayer tuve el privilegio de escuchar algunos villancicos cantados por mis hijos y los compañeros de sus respectivas clases. Fueron esa clase de villancicos que no suponen una afrenta a la verdad, pero me preguntaba si realmente, ya no los propios niños solamente, sino los padres, aquellos que orgullosos y felices estábamos escuchando y grabando las intervenciones musicales de nuestros descendientes, éramos conscientes de la magnitud y el alcance de las letras de esos cantos navideños en los cuales la figura principal es Jesucristo.


Cantar un villancico es algo que todo el mundo puede hacer, pero lo importante no es cantar por cantar, sino cantar con el entendimiento. Esto es precisamente lo que hicieron aquel coro de ángeles que cantaron el primer villancico de la historia a unos humildes pastores cerca de Belén. Esa primera canción navideña reza así: “¡Gloria a Dios en las alturas, y sobre la tierra paz; buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14). Qué sencilla letra, pero que profunda al mismo tiempo.


No es de extrañar que los ángeles se maravillen del hecho que Dios se hiciera carne, es decir, que el Dios Creador estuviera dispuesto a asumir nuestra humanidad caída con el fin de mostrarnos como es realmente Dios y de salvarnos del pecado y la muerte por medio de su sacrificio en la cruz. Ese sacrificio trajo la paz, ¿en qué sentido? En el sentido de reconciliar al hombre con Dios (ver Efesios 2:14-19). Todo esto es precisamente fruto de la buena voluntad de Dios para con los hombres. Sin esa buena voluntad nunca hubieran existido los buenos villancicos porque nunca se hubiera producido el nacimiento de Jesús.


Afortunadamente eso es algo que no ocurrió. Y no ocurrió porque el amor de Dios no podía dejar al ser humano a su suerte, perdido, cautivo en el pecado y sujeto a la muerte. Desgraciadamente, todo eso es lo que muchos viven respecto al verdadero sentido de la Navidad porque permanecen en su ceguera, en su indiferencia, en el olvido, o en una ignorancia fatal, a pesar de que algunos buenos villancicos siguen recordándonos a todos esa buena voluntad de Dios por salvarnos del pecado y de la muerte, al darse a sí mismo en la persona de Cristo.


La buena voluntad de Dios, pues, no se limita simplemente a desear algo que nunca va a realizarse, sino todo lo contrario, ya que la buena voluntad de Dios se materializó en Cristo y sigue materializándose en cada uno de aquellos que respondemos a esta salvación tan grande. Y de este modo llegamos a convertirnos en hombres y mujeres de buena voluntad. Una voluntad buena que se expresa por medio de cantos, alabanzas y llamamientos a aquellos que nos rodean para que descubran y acepten el mejor y más grande regalo que podamos recibir en estas fechas señaladas, a Cristo.


¡Feliz Navidad a todos!

13 diciembre 2010

Narnia me hizo llorar... otra vez


Una vez más "Las Crónicas de Narnia" son capaces de hacernos disfrutar de la vida de la fe, un concepto devaluado y mal orientado en la sociedad actual. Devaluado porque el vivir de acuerdo a los principios bíblicos es sinónimo de debilidad o fanatismo para algunos y mal orientado porque la verdadera fe, la bíblica, es la gran desconocida para una gran mayoría de personas.


La tercera entrega de Narnia nos transporta al mundo fantástico creado magistralmente por el Dr. C. S. Lewis, para mostrarnos las vicisitudes y rudimentos de la vida cristiana. Los simbolismos, una vez más, están muy logrados y son capaces de hacernos recordar los grandes principios de la vida de fe que Dios nos presenta en las Escrituras.


Al igual que en nuestro mundo real, el film presenta el antagonismo a Asland (Cristo), por parte de algunos habitantes de Narnia, pasando por la fidelidad de aquellos que lo reconocen y confían en él. Es curioso también como trata el tema de la “conversión” en la persona de Eustace, quien por su avaricia se convierte en un dragón. Será Asland quien, con su poder, transformará a Justas de nuevo en un niño. Esa transformación, aunque dolorosa, es necesaria y deseada por el mismo Eustace, tal y como él reconoce. El nuevo nacimiento del que habló Jesús (ver Juan 3:5-8), implica una transformación de valores, gustos y hábitos, que no están exentos de cierto dolor y sacrificio, pero que siempre produce alegría y paz.


Curioso también resulta el paralelismo que se advierte en la desaparición de las embarcaciones llenas de personas que son engullidas por causa de la niebla densa y tenebrosa. Esa desaparición se me antoja como un símbolo de la muerte, de la cual se retorna gracias al poder de Asland. La niña que pierde a su mama por causa de la niebla es consolada por Lucy, cuando ésta le dice que tenga fe y que volverá a ver a su mamá. Lo mismo nos dice Dios a aquellos que le amamos y que hemos perdido a alguno de nuestros seres queridos: “Los muertos en Cristo resucitarán primero” (1ª Tesalonicenses 4:16), y volverán del reino de la muerte perteneciente a Satanás (ver Apocalipsis 12:9; Hebreos 2:14), que en esta entrega de Narnia aparece como la serpiente marina que custodia a sus esclavos con celo e ira.


Lewis también trata el tema de la tentación de nuevo: la avaricia, por medio del lago que todo lo convierte en oro; el afán irracional de poder, cuando Edmund se enfrenta a Caspian porque no quiere estar sujeto a las decisiones de nadie, o cuando la Bruja le promete a Edmund poder y riquezas; y el caso de Lucy cuando es tentada a ser otra persona más bella y guapa. Este me parece un detalle muy interesante, porque la tentación en este caso es universal. Pocos son los que alguna vez no han querido ser como otra persona, o aún más ser la otra persona. La respuesta de Asland a Lucy me parece genial: “Sin ti, tus hermanos nunca hubieran descubierto Narnia”. Lo mejor es ser uno mismo y querer ser como el modelo por excelencia que nos ha sido dado: Cristo, algo que Lucy termina por aceptar y desear otra vez, y digo otra vez, porque ésta es una opción que debe ser renovada cada día.


La mesa del Señor tiene su contraparte en la mesa de Asland, donde la discordia y las rencillas deben quedar atrás (ver 1ª Corintios 11:23-29). La mesa es el alimento provisto por Cristo para nuestra regeneración espiritual y para dotarnos de su poder (ver Juan 6:53-57). Por medio del pan y del mosto recordamos el cuerpo entregado de Jesús por nosotros y su sangre derramada, así como su segunda venida (ver Mateo 26:29; 1 Corintios 11:26). Este alimento tan especial refrigera nuestras vidas, como refrigeró las vidas de los viajeros del Alba.


Finalmente, me llamó la atención que Asland le dijera a Lucy que él iba a cuidar de ella en el otro mundo (el real), y que en ese mundo él tenía otro nombre. ¿Lo adivinas? Efectivamente, Cristo. Así que toma tu espada de doble filo (ver Hebreos 4:12), y sal a pelear la buena batalla… la de la fe (ver 1ª Timoteo 6:12), porque Asland… perdón Cristo, está contigo (ver Mateo 28:18-20).