24 septiembre 2010

La luciérnaga divina


Unos días atrás, una amiga compartió conmigo su felicidad por su futura maternidad, y no de un chiquilín sino ¡de dos! Me comentaba que ella siempre había querido tener dos de una vez, y al mismo tiempo se preguntaba quien era ella para que Dios tuviera este maravilloso detalle hacia su persona. Me alegró saber que al igual que yo hay personas que no se sienten merecedores de tanta gracia. Me explico. Me sentí identificado con ella porque en algún momento de mi pasado más reciente yo también he tenido esa sensación de sentirme privilegiado en la vida, y agradecido por las bendiciones inmerecidas de Dios, de ese Padre "que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos" (Mateo 5:45).

“Si los dioses te bendicen, no preguntes el porqué”, reza una parte de la letra de una canción perteneciente a la banda sonora de la película “El Príncipe de Egipto”. Creo que justamente eso es lo que no hay que hacer, pero entiendo que alguna vez puede ser complicado encontrar una respuesta adecuada, no a las bendiciones de Dios, sino a las circunstancias adversas que la vida conlleva.


En este sentido y, por tanto, en el otro lado de la balanza, se encuentra una anciana que me narraba con pelos y señales las peripecias, adversidades y desgracias de su vida: el marido la dejó por otra, un hijo cayó en la droga y murió y la otra hija que tenía se suicidó. Vivía sola, de manera humilde y austera en un pequeño piso sin luz eléctrica donde recibía la visita de una vecina enferma y de un nieto un tanto distante. Ella me decía: ¿Verdad que es para escribir un libro? ¿Por qué me habrá pasado a mi todo esto?


Millones de personas se preguntan y preguntan a Dios porqué tanto sufrimiento. Y miles de seres humanos reniegan de Dios precisamente por no encontrar respuesta a su interrogante. Me viene a la memoria un cantarín veterano del mundo del rock que traía a colación esta disyuntiva. Pero, la pregunta es si realmente quién pregunta a Dios el “porqué” de la miseria humana, ya sea el cantarín rockero o el desconsolado esposo o el hijo confuso o…, está dispuesto a escuchar lo que Dios tiene que decir.


Tenemos una boca para hablar y dos orejas para escuchar, y parece que el ser humano sigue utilizando más la boca que las orejas cuando se plantea esta cuestión. Si pudiéramos escuchar, comprobaríamos que Dios no está ausente, que Dios no nos ha olvidado, que Dios no es el responsable de tanta maldad, miseria y muerte. Si pudiéramos escuchar descubriríamos que, en realidad, Dios se sometió en la persona de Jesús, a la maldad, a la miseria y a la muerte para darnos bondad, riqueza y vida.


Tan sólo se trata de confiar y esperar. Y mientras hacemos eso descubriremos todo un mundo que hasta ese momento había permanecido oculto a nuestros ojos, no porque no existiera antes, sino porque no era capaz de percibirlo debido, quizás, a mi incredulidad, a mis prejuicios o a mi ignorancia despistada. Al igual que la historia que presenta el videoclip “Fireflies” (Luciérnagas) de Owl City, las luces de nuestro entendimiento van activándose cuando permitimos que la gran linterna que es la Palabra de Dios nos enfoque (Salmo 119:105). Entonces y sólo entonces esa “luciérnaga divina” brillará para mostrarnos el camino a la vida. Una vida que, seguramente, no estará exenta de problemas e interrogantes en ocasiones, pero una vida que el mismo tiempo estará convencida de saber que pronto todos los “porqués” quedarán pulverizados por la eternidad.