21 junio 2010

Sutilezas sibilinas... en torno a la cruz

Hace unos años escuché unas declaraciones de un compañero que me dejaron helado. Cual no fue mi sorpresa cuando de repente en medio de un debate sobre la muerte de Cristo en la cruz, su significado y sus resultados, dijo: "La cruz no era necesaria para la salvación del hombre". Como no daba crédito a lo que acababa de escuchar, le conminé a que repitiera lo que había dicho para asegurarme que lo había entendido bien, ya que mi amigo hablaba en inglés. Mientras repetía las mismas palabras que habíamos escuchado los allí presentes, tuve una experiencia dual: por un lado volví a quedar, ya no helado sino congelado, y por otro lado, empecé a notar un calorcito que subía por mis venas y que me impulsaba a aclarar semejante tropelía doctrinal.


Para algunos, la cruz no era en sí misma un fin necesario, y por tanto, la presentan como un accidente, como una injusticia o como un mal necesario al que Cristo se sometió para demostrar que él mismo se sujetó a la injusticia de esta tierra para solidarizarse con aquellos que también la sufren. Pero nada más lejos de la realidad y de la verdad. La crucifixión de Cristo no fue un accidente, es decir, algo que no entraba en los planes de Dios, ni una injusticia a secas, y digo a secas porque aunque es cierto que la crucifixión de Jesús está propiciada por un farsa de juicio y unos argumentos falaces, no deja, al mismo tiempo de ser un acto generador de justicia y de salvación. Finalmente, la cruz tampoco supone un mal necesario al que Cristo se sometió voluntariamente, sino a un bien necesario sin el cuál no habría ni vida ni salvación.


La cruz no fue un accidente (ver p. e.: 1ª de Pedro 1:18-20; Apocalipsis 13:8). Nada toma por sorpresa a Dios, y aunque es cierto que la conducta humana casi siempre condiciona la acción de Dios, no deja de ser cierto también que esa conducta humana nunca puede anularla cuando esa acción ha sido predicha. Por ejemplo, Dios prometió establecer al pueblo hebreo en una tierra que fluía leche y miel, y aunque eso tardó más de lo que Dios hubiera querido por la apostasía y rebelión del propio pueblo, 40 años, finalmente sucedió. De la misma manera sucede con la cruz. Dios sabía que el sólo hecho de crear implicaba morir. Tenía dos opciones: 1. No crear; 2. Crear autómatas (seres moralmente no libres, sin capacidad de elección). Pero Dios decidió crear, aunque esa creación condicionaría su acción futura al punto de llevarle a experimentar el sufrimiento y la muerte humana, evidentemente, algo que él nunca quiso que sucediera, pero que siempre supo que sucedería. Dios previó la cruz y la anunció (ver Génesis 3:15; Daniel 9:24-27), y Jesús nunca la rehusó (ver Lucas 9:51).


La cruz no fue una injusticia a secas. Intentar describir y definir aquello que sucedió en la cruz puede llegar a ser tan complicado como intentar describir que es la eternidad. Poder se puede, ambas cosas, pero siempre te quedas con la sensación de no haber agotado el tema ni en un 25 %. Evidentemente que el juicio a Jesús fue una farsa, tanto en sus formas como en sus contenidos. Evidentemente que los ejecutores de la crucifixión estaban cometiendo una injusticia al matar a un hombre inocente, algo que no hubieran hecho si hubieran sabido quien era ese hombre, pero al mismo tiempo algo que alguien siempre hubiera hecho en lugar de otro, porque la ignorancia, ya sea voluntaria o involuntaria, es fruto del engaño del pecado. Y, evidentemente, la injusticia llega a límites insospechados cuando te das cuenta que el poder religioso del momento se combinó y alió con el poder civil para perpetrar ese homicidio, pero inevitablemente cuando llegas a conocer que Cristo murió por tus pecados, y que en realidad fueron tus pecados, es decir, tu injusticia, lo que llevó a la muerte a Jesús, ese cruel acto de injusticia, se convierte en el medio por el cual la raza humana, incluido tú mismo, llegas a ser salvo. ¡Qué paradoja! Dios, por medio de una injusticia, fue capaz y es capaz de ser justo al salvar a un injusto como tú y como yo (ver 2ª Corintios 5:21). Cristo fue hecho pecado (injusticia), por medio de un acto injusto, para que nosotros seamos hechos justos. De ahí que la Escritura también declare que la justicia y la paz se besaron (ver Salmo 85:10).


La cruz no supuso un mal necesario para Jesús, sino todo lo contrario, fue un bien necesario que él nunca pensó en evitar. Los evangelios van llenos de declaraciones de Jesús en las que deja claro cuál era su misión (ver Juan 3: 14, 15). A Pedro le dice que no sea tan “bueno” (ver Mateo 16:21-23), a los discípulos les advierte continuamente cual era la suerte que le esperaba (ver Mateo 16:21; 17:12, 22-23; 20:17-19, 28; 26:2), al mundo anuncia cual debía ser su obra (ver Juan 10:11), y al Padre le dice que lo que estaba experimentando cuando el pecado de la humanidad fue puesto sobre él (ver Mateo 26:39). Esa fue una experiencia demasiado intensa como para soportarla, pero Jesús no se deja vencer por su propia debilidad humana, sino que es capaz, con la ayuda del Padre, de afrontar su destino por el bien de la humanidad (ver Mateo 26:53, 54; Juan 18:11).


Jesús fue capaz de sufrir y de soportar el pecado con todo lo que eso implica (incomprensible a nuestro entendimiento y experiencia), así como la ignominia, la vergüenza, el desprecio, la vejación, el insulto, la tortura y la crucifixión (comprensible a nuestro entendimiento y experiencia), y fue capaz de esperar de Dios lo que nadie esperaba, la resurrección, porque fue capaz de creer que ese era el camino para salvar al ser humano de su situación desesperada. Y eso es precisamente amor (ver 1ª Corintios 13:7), que salva (ver Romanos 5:8, 9), y proporciona alegría y fortaleza (ver Hebreos 12:1-3).


No tenemos un Dios tonto, sino un Dios que es amor. No tenemos un Dios que es sorprendido por las circunstancias, o que se sufre injusticias por ser incapaz de evitarlas o corregirlas, sino a un Dios que preconoce todo y que se somete a la peor de las injusticias voluntariamente para deshacerlas y destruirlas por completo (ver Hebreos 2:14). Y este hecho es lo que me cautivó y me sigue cautivando, porque la cruz es y será, porque siempre ha sido, “poder de Dios” (1ª Corintios 1:18), a pesar de las antiguas sutilezas sibilinas que retornan para desacreditarla.


04 junio 2010

Estrellas


¿Cuántos no son los que en esta vida se dejan deslumbrar por los anhelos de fama y riqueza, por la "gracia" de la popularidad y por la "grandeza" del reconocimiento? Es cierto que muchos se encuentran con todo esto sin buscarlo, y deben aprender a gestionar los cambios que supone el escalafón de la idolatría postmoderna. Pero otros muchos buscan, y trabajan y luchan y se dejan la piel para conseguir el digno y ansiado reconocimiento de una parte de la sociedad (y digo una parte porque ya sabemos que “nunca llueve a gusto de todos”).

La vida es un conjunto de circunstancias y vivencias, y en la continua repetición de esas vivencias uno se levanta con la sensación de que “no hay nada nuevo en mi vida hoy”, tal y como dice la canción “Gone Hollywood” de Supertramp. La falsamente llamada vida de éxito, que exige compromisos, dedicación, atención a los medios y cierto grado de esclavitud a una forma de vida, y lo digo por experiencia propia, no es capaz de llenar los anhelos más profundos del ser humano, por lo menos, los míos. Aparentemente lo hace, y lo hace porque la vorágine de la farándula no te permite darle demasiadas vueltas al verdadero sentido de la vida, no te permite pensar en lo trascendente sino en el próximo compromiso, o en mi trabajo a 2 o 3 años vista. Me explico, no editas un CD que ya debes estar pensando en el próximo. No acabas un concierto que ya tienes en mente el próximo. No terminas de componer una canción, que ya se te exige o te exiges componer otra…

Así es la vida. Sea lo que sea y escojas el camino que escojas siempre exige dedicación y compromiso. La pregunta es si aquello que estoy haciendo es lo que realmente debería estar haciendo. La respuesta es que si eso te hace feliz y además con tu labor haces feliz a otras personas, entonces es lo que debes hacer. Y como esta es la respuesta que todos sabemos dar, intuyo que por esta razón esta sociedad está más pendiente del producto humano que del divino.

Buscamos estrellas, ensalzamos a personas al nivel de las estrellas y convivimos con nuestras estrellas preferidas, lo cual promueve que muchos quieran convertirse en estrellas en el ámbito que sea. Me llama la atención un texto que se encuentra en el libro del profeta Daniel y que me da la clave acerca del verdadero estrellato: “Los hombres sabios, los que guiaron a muchos por el camino recto, brillarán como la bóveda celeste; ¡brillarán para siempre, como las estrellas!” (Daniel 12:3).

Brillar para Cristo es una experiencia radicalmente diferente al hecho de brillar como una estrella del rock o del deporte o de…, en el sentido de que el brillo emitido por el cristiano no tiene la intención de atraer a nadie hacia su persona, sino hacia Dios, de quien recibe el verdadero brillo. Esta clase de estrellato no es mediático (aunque puede llegar a serlo), y desde luego nada glamouroso, pero te aseguro que aquel que decide vivir una experiencia con Dios pocas veces va a decir: “No hay nada nuevo en mi vida hoy”.

Con Dios siempre hay cosas que descubrir, retos que alcanzar, desafíos que lograr, bienes que realizar. En definitiva, siempre hay "piedras" que pulir (nuestros propios caracteres), para que puedan brillar (shine) como las verdaderas estrellas… las creadas por Dios y no por los hombres.