¿Náusea o esperanza?
Todos, desde que hemos nacido, hemos iniciado nuestra particular cuenta atrás. ¿Qué haces frente a la muerte? ¿Resignarte? O tal vez, ¿deprimirte? Ambas reacciones suelen ir acompañadas. Resignación y tristeza caminan de la mano cuando la muerte golpea a tu puerta. En esos momentos, especialmente cuando no los esperamos, surge en nuestra mente un interrogante que no cesa de martillearnos: ¿Por qué, por qué y por qué? Lo triste de esta situación, ya de por si triste, es que no hay respuesta. No la escuchamos. No la intuimos, y seguramente si Dios nos la diera, no la entenderíamos (la extensa y, a veces, desconcertante casuística de la defunción).
Hace ya un tiempo, tuve que oficiar el funeral de un amigo casi de mi quinta. La muerte lo sorprendió en la flor de la vida. Y es que la muerte sorprende cuando llega en el momento que uno no quiere ni espera. Pero la muerte con su tristeza, con esa sensación de vacío e impotencia calificada por un amigo de “nausea de la nada” (sartrianismo puro), puede llegar a ser un elemento pedagógico. Eso es lo que dice el sabio Salomón: “Vale más ir a un funeral que ir a divertirse, pues la muerte es el fin de todo hombre, y los que viven deberían recordarlo” (Eclesiastés 7:2).
Particularmente, me gusta oficiar en bodas porque celebras el amor; en bautismos porque celebras la conversión y la vida, pero la muerte no se celebra, y menos en circunstancias como las referidas. Entonces, ¿cómo entender las palabras inspiradas? Un sepelio siempre nos recuerda las palabras de esperanza que Dios nos habla: frente a “la nausea de la nada” nos presenta “la esperanza de la vida”, “y los que viven deberían recordarlo”, dice la Escritura. Nuestra vida aquí no es la definitiva. Dios ha puesto el sentido de eternidad en nuestros corazones, y ese sentido verdadero de eternidad se hace real en cada funeral cuando Dios nos recuerda que él "no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mateo 22:32). Pero el hombre no entiende, ni como vivir para no morir, ni como morir para vivir.
¿Vivimos teniendo presente que la muerte es el fin de todo ser humano? Si. Los religiosos, cansinos o no, lo tienen asumido, y los irreligiosos, que no irreverentes, también. Los primeros saben que la tristeza de la muerte “enmienda el corazón” (Eclesiastés 7:3), es decir, te hace reflexionar sobre el sentido de la vida, y esa reflexión te acerca a Dios y te lleva a aceptar su propuesta de vida que, por principio, trasciende a la actual. Los segundos piensan que todo lo que uno tiene es lo que vive, y eso le lleva a seguir viviendo o a seguir sobreviviendo mientras el cuerpo aguante y los demás “me aguanten” (esto, afortunadamente, no siempre se aplica a todos por igual).
Para los primeros, las promesas de vida y resurrección que encuentran en la Palabra de Dios son como un bálsamo que, aunque no quita la tristeza, ofrece una segura esperanza de una vida futura e inmortal donde nunca jamás la muerte golpeará ninguna puerta (ver Apocalipsis 21:4). Para algunos de los segundos, la opinión que tienen los primeros es una ingenuidad y una reacción propia de la debilidad y del miedo que el ser humano tiene frente a la desgracia suprema: “la nausea de la nada”.
Llámame lo que quieras por identificarme con los primeros, pero nunca ingenuo y débil. La ingenuidad no es propia del cristiano. Por supuesto que la debilidad tampoco. Es una cuestión de elección: elegir la vida o elegir vivir. Aparentemente parece la misma propuesta, pero en realidad no lo es. Los primeros eligen la vida, es decir, a Cristo, y elegir a Cristo es elegir la vida eterna ya que “quien tiene al Hijo tiene la vida” (1ª Juan), y “el que cree en mi, aunque muera, vivirá” (Juan 11:25). Los segundos, entre los cuales me encontraba yo en el pasado, eligen simplemente vivir… sobrevivir. Y por vivir y sobrevivir entiendo el hecho de interactuar en esta vida mientras la salud y las circunstancias lo permitan sin demasiados planteamientos y elecciones trascendentes.
A mi, en el pasado, la muerte me provocaba pánico. No soportaba la idea de dejar de vivir, y de vivir “a mi manera” (on my own way). Ahora la muerte no me asusta porque he elegido y he aprendido a vivir a Su manera. Por eso me identifico plenamente con la opción de los primeros, y estoy convencido que en esta ocasión “los primeros” no serán “los últimos” (ver Mateo 20:16), sino todo lo contrario.
