23 abril 2010

Lejos de ti

Solía coquetear con el pecado. Y aún más que coquetear, solía abrazarlo y porque no decirlo, también disfrutarlo. Era lo normal, lo cotidiano, lo único que había, lo que la mayoría hacían, en mayor o menor medida. Así mi vida discurría entre la obligación y el deber propios de un ciudadano de bien, y entre la licencia y la pasión de un joven de bien. Bien desde una perspectiva o desde la otra, el pecado impregnaba mi mente, mis motivaciones y mis acciones.

En esta sociedad pos-moderna, ecléctica y secular la palabra “pecado” ha llegado a trivializarse de tal modo que su significado se pierde en la inmensidad de la irresponsabilidad y negligencia humana respecto a las cosas de arriba (¿me equivoco?). Así pecado es nada o lo que tu quieras que sea (¿me equivoco?). Pecado, como mucho y despojándolo del contexto religioso, podría ser, quizás, no respetar las leyes civiles que imperan en cualquier país. Aunque, bien pensado, a eso no se lo denomina pecado, sino infringir la ley del estado (no, no me equivoco).

¿Por qué aludía a la negligencia e irresponsabilidad humana? Pues por la sencilla razón de que el hombre posmoderno y secular, aunque mora bajo los cielos, parece vivir por encima de los principios bíblicos. Es cierto que la Biblia, la palabra que viene de arriba, es utilizada en contextos políticos (la sabiduría de Salomón), artísticos (el baile de Salomé), deportivos (David vence a Goliat)… pero rara vez es aplicada en el propio contexto personal, en el sentido de vivir “de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Eso es una experiencia demasiado mística, rara, incluso loca, por no decir estúpida, dirán algunos. Y esto es una verdadera pena porque es precisamente en las Escrituras donde encontramos la definición fidedigna del término pecado. Sin entrar en profundas explicaciones teológicas, el pecado es definido en los siguientes términos:

1. Errar el blanco como cuando alguien no da en la diana, teniendo en cuenta que podría haberlo hecho. Es precisamente de eso de lo que Cristo nos salva, de nuestra mala puntería y de nuestra poca motivación para dar en la diana (ver Mateo 1:21).

2. “Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14:23). Nuestras mejores acciones, sin Cristo, están bañadas por el egoísmo y/o por las ganas de protagonismo (ver Isaías 64:6; Jeremías 2:22; 13:23).

3. “El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, comete pecado” (Santiago 4:17). Lo bueno es dar en el blanco, permitiendo que Cristo tense mi arco o sostenga mi pulso para que el disparo impacte en el centro de la diana.

4. “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley [de Dios], pues el pecado es infracción de la ley [de Dios](1ª Juan 3:4).

Creo que la última definición engloba a todas las demás, y pruebo que la definición que aparece en la primera carta de Juan es la prueba suprema para saber que estás en el lado correcto. Jesús vivió la ley en su vida (ver Salmo 40:8), y jamás pecó, es decir, jamás transgredió la ley (ver 1ª Pedro 2:22). Respecto a los primeros cuatro mandamientos de la Ley de Dios (ver Éxodo 20:2-11), decir que él jamás tuvo dioses ajenos delante del Padre (ver Mateo 4:10), y nunca adoró a ninguna imagen, sino que promovió la adoración en espíritu y en verdad (Juan 4:23, 24), como tampoco no tomó el nombre de Dios en vano (Mateo 6:9-13), y siempre guardó y santificó el sábado (Lucas 4:16). Respecto a los restantes seis mandamientos que tienen que ver con el amor al prójimo, Jesús nunca mató ni por palabra ni por hecho a nadie (Mateo 5: 21, 22), ni robó (Mateo 22:21), ni fornicó (Mateo 5:27, 28), ni mintió (Juan 17:17), ni codició nada de nadie, ni bienes materiales, ni posiciones sociales o cargos (Juan 13:1-17).

Cuando Cristo me encontró y yo me dejé encontrar, el pecado perdió todo su atractivo y poder en mi vida (ver Efesios 2:1-5). Como dice la canción y haciendo un símil de su letra, el pecado llegó a ser esa peligrosa “baby”, la femme fatale de la que estuviste prendado. Fue Cristo quien me hizo ver la realidad de tan nefasta relación, dándome la oportunidad de realizar la más importante y trascendente elección: creer en él (ver Romanos 6:23). Cristo me hizo ver que el amor al pecado es ciego, y me ayudó a dar en el blanco de su perfecta justicia. Y desde ese entonces, el pecado y yo, con Cristo, somos como el aceite y el agua, del todo irreconciliables, tal y como dice la canción que puedes escuchar más abajo. Por eso hoy digo: “Me voy lejos de ti, baby”.

19 abril 2010

Forma y fondo

¿Eres de esa clase de personas que siempre gritan? ¿Eres de esa clase de personas que siempre están soportando gritos? La verdad es que todos, quien más quien menos, nos hemos salido de nuestras casillas alguna que otra vez. Desgraciadamente, para algunos, el grito y la discusión “taladradora” es el ritual de lo habitual. No se dan cuenta que haciendo esto, ni son felices ellos ni hacen felices a aquellos que los rodean. Hay maneras y maneras de decir las cosas, incluso la verdad.

Pero también se puede gritar sin gritar. Me explico. Existe esa clase de personas que son capaces de hundir y humillar a otros sin exasperarse, vamos sin despeinarse. Son personas frías (aunque lo nieguen e intenten disimularlo), calculadoras y muy cínicas, profundamente cínicas en su manera de expresar aquello que creen que es cierto y correcto, sobre todo cuando se les contradice. Suelen abundar en el cristianismo, por eso de que Jesús siempre hablaba la verdad y nunca perdía los nervios. Es cierto, Jesús supo controlar sus instintos y emociones aún en las condiciones más adversas y complicadas, pero alguna vez de su garganta salieron gritos. Maticemos, gritos sin odio, gritos de preocupación profunda y sincera, gritos de amor (ver Mateo 23; 27:46).


¡Qué difícil es mantener la garganta a cero! ¡Qué difícil es mantener la calma ante la agresión verbal o ante el continuo machaqueo de las razones del que está a tu lado! ¡Qué difícil se hace soportar esas situaciones violentas sin explotar! Y sin embargo, el evangelio nos insta a poner la otra mejilla, bueno en este caso, la otra oreja. Nos invita a no desentendernos de la situación, nos insta a luchar por guardar el fondo y también las formas. Lo que molesta al protagonista de la historia que narra el vídeo, no son las razones equivocadas de su pareja, sino la manera de expresarlas (parte de la letra dice: “No tengo problemas con lo que has dicho, ni siquiera creo que te equivocas. Es como lo dices”). Pero, lo que molesta a la exasperada e insidiosa fémina es la pasividad y flema de su interlocutor. Los gritos parecen la solución para liberar tensión y alcanzar la solución, pero al final, una vez analizada la situación, nos damos cuenta que generan otros problemas mucho mayores: frustración, odio, rencor, mal rollo.


Algunos argumentan buenos fondos con formas equivocadas, gritos. Tampoco faltan aquellos que argumentan un mal fondo, con formas correctas. Ni una cosa, ni la otra. El equilibrio radical del evangelio, el buen fondo, debe imponerse en nuestras mentes y en nuestra forma de expresarlo. El fondo debe ser correcto, en el caso que nos ocupa, debe ser un fondo que se ciña “a la ley y al testimonio” (Isaías 8:20), vivido, expresado y hablado con la forma correcta, tal y como Jesús hablaba, con convicción, con asertividad, con pasión y con amor (ver Juan 7:46).


¿Cómo hablas tu? ¿Cómo defiendes tus razones? ¿Qué actitud generan en aquellos que te escuchan o te leen? Y, por otro lado, ¿cómo soportas al que se pasa dos pueblos en su manera de argumentar, esté equivocado o no? Permite que el Señor te equilibre de raíz, de manera que el buen fondo esté en armonía con la forma, y al mismo tiempo sé capaz de recibir la suficiente dosis de paciencia para soportar el agravio auditivo y mental del buen o mal fondo expresado de mala forma. De este modo, tu entorno, tu iglesia y tu familia serán mejor de lo que ahora puedan ser.

14 abril 2010

Terrorismo religioso


Así se llama ahora al proselitismo, con todas las connotaciones peyorativas que ya tenía el término, ahora se añade el de "terrorismo". De todos es conocida la expulsión reciente de más de 70 protestantes en Marruecos, y el escándalo viene porque se ha expulsado, por primera vez, a un franciscano católico. Que se expulse a 70 misioneros protestantes recibe un mínimo eco mediático, pero que ahora sea un religioso católico, hace que muchos más medios se hagan eco del asunto, en fin.

Quitando este detalle sobre la "agenda setting", lo que me llama la atención es que 7.000 ulemas (estudiosos del Corán) hayan respaldado un comunicado en el que califican de "terrorismo espiritual" las actividades cristianas en territorio marroquí (fuente: El País).

Lo cierto es que el acoso a los marroquíes convertidos al cristianismo está ahí, es visible y a algunos nos llega de primera mano esa realidad a través de amistades que están sobre el terreno. Lo que nos llega por los medios muchas veces aún está lejos de las cifras reales y de la verdadera persecución que sufren los cristianos en según qué latitudes. Todo esto mientras en los países del así llamado "norte", con cortesía y con respeto (por no decir miedo) se da cancha al proselitismo islámico. No es una crítica hacia los gobiernos, sino un contraste de actitudes desde las instituciones centrales de cada país, y que cada uno vea y entienda.

Lo religioso, entiendo debe estar separado de lo político, o al menos lo máximo posible. Cuando esto no sucede, caemos en los absolutismos, y el terrorismo religioso se produce entonces en otras latitudes (y no queremos volver a la Edad Media, ¿verdad?). Ahora, cuidado con las reacciones, lo fácil es caer en presionar a los gobiernos para que actúen ante este desdén. Y digo yo que algo habrá que hacer, pero ¿cómo? Porque en el momento que se tome posición política por un credo, ya tenemos un problema, y probablemente caigamos de nuevo en motivaciones de las viejas guerras, y acabemos siendo nosotros mismos otros terroristas religiosos, "sin queriendo".

Como cristiano, mi obligación, deber y privilegio es predicar a todo el mundo las Buenas Nuevas de Salvación, si la ley lo prohíbe in situ, buscaremos otras alternativas, pero lo que no haremos es ser coercitivos como los grandes credos hegemónicos (en su país) y dejar ventanas abiertas para que otros puedan, al menos, asomarse. Y hablando de ventanas, y en este contexto, aquí hay algo interesante:

http://ishmaelbarabraham.blogspot.com/