15 febrero 2010

A propósito de Haití

Parece que ya nadie se acuerda de Haití. Después de un mes del terrible terremoto que ha desolado este pequeño país y ha causado más de 210.000 víctimas y miles de damnificados, los medios de comunicación han pasado definitivamente página.

Ante un suceso de esta magnitud no han faltado aquellos que aprovechan para profundizar sus dudas acerca del carácter de Dios. Hace poco, después de una ceremonia de dedicación de una nueva empresa a petición de un hermano de iglesia y amigo, en la que un servidor había hecho una reflexión y una oración, uno de los asistentes al evento me presentó a una persona relacionada con el negocio recién inaugurado. Parece ser que lo de la oración causó cierta sorpresa entre algunos de los asistentes y eso fue motivo de comentarios, por cierto, todos buenos hasta donde yo sé. La persona de la que os hablo, después que me fue presentada, me dijo con cierto tono sarcástico: - ¡Así que tu eres el de la bendición!, para luego decirme con cierta ironía que él pensaba que Dios debía estar muy ocupado porque de lo contrario no hubiera permitido el desastre de Haití (entiendo que este comentario incluía todos los desastres naturales anteriores).

El tipo se me escabulló entre la multitud de personas reunidas, hasta que al poco rato el destino quiso que nos encontráramos de nuevo. Entonces pensé: - ¡Esta es mi oportunidad para aclarar unas cuantas cosas! Le dije: - Permíteme que te haga una aclaración respecto al tema del terremoto de Haití. Y una a una fui enumerando una serie de argumentos que cuanto menos hicieron recapacitar al amigo en cuestión. Terminó la conversación diciéndome: - ¡Me has convencido! No se si su reacción fue sincera o si por el contrario se trató de una estrategia que utilizó debido a su falta momentánea de argumentos, ya que siguió diciéndome: - Otro día tenemos que seguir hablando de esto.

Esto fue, más o menos, lo que le dije:
1. Mira, yo no soy una persona a quien la vida haya tratado excelentemente bien. No me quejo en absoluto. Tengo todo lo que quiero y necesito: esposa, dos hijos, familia, laboralmente satisfecho y estable. Pero estás hablando con una persona que perdió a su padre a los 10 años de edad por el “terremoto cerebral” de un descerebrado que le pegó cinco tiros a bocajarro. Te comento esto porque cuando todo va bien, nadie cuestiona a Dios, pero cuando todo no va tan bien , por no decir que va fatal, es muy fácil cuestionar, no ya la no existencia de Dios, sino su bondad. No podemos olvidar que Dios nos creó libres, con la facultad de elegir y decidir. Desgraciadamente, hay personas que eligen mal, es decir, utilizan mal el libre albedrío con el cual han sido dotados. Seguramente, tú, lo mismo que yo, has realizado alguna vez alguna cosa mala a sabiendas, es decir, con premeditación y alevosía, y seguramente habrás notado que Dios no te lo impidió, ¿verdad? Y eso es porque Dios no es un hada madrina. No es culpa de Dios que hayan indeseables que utilicen mal su capacidad de elegir y decidir, y más cuando esa libertad de elección se usa para hacer daño a terceros. Si Dios restringiera esa capacidad, entonces le acusaríamos de dictador y de manipulador. Ahora bien, Dios quiere dejar muy claro y de hecho lo hace, que la paga del pecado (p. e.: el mal uso de la libertad de elección), es la muerte. Pronto todos tendremos que dar cuenta a Dios por nuestras elecciones y decisiones.

2. Si entrar en valorar las causas de un terremoto en particular, todos sabemos que el planeta tierra está siendo destruido por la acción indiscriminada del hombre. Los recursos naturales se agotan y la biosfera se contamina a pasos agigantados. Esta cruda y triste realidad nos pasa factura, pero la mayoría de veces no queremos aceptarla. Es como aquel que vive gastando y desperdiciando, y luego no quiere asumir las consecuencias de sus propios, en este caso, gastos. El progreso tiene su precio.

3. Si Dios existe, entonces tenemos que asumir y reconocer que Satanás también existe. Los desastres naturales no son ocasionados por Dios, sino por Satanás. Claro, ahora me preguntarás, entonces, ¿porqué Dios permite que Satanás tire la piedra y esconda la mano? Pues por la misma razón que Dios permitió que las serpientes del desierto atacaran a su pueblo cuando éste peregrinaba a la tierra de Canaán, la tierra prometida (ver Números 21:4-9). El pueblo conspiró contra Dios, desconfió de sus cuidados y se rebeló contra su autoridad. Entonces a Dios no le quedó otra opción, fruto de su inherente respeto por la libertad, que apartarse de ellos. Este hecho hizo que las serpientes que ya estaban en el desierto hicieran lo que se espera de estos reptiles, morder. Mientras Dios guardaba a su pueblo, las serpientes no atacaban ni dañaban porque el poder protector de Dios las mantenía alejadas, pero una vez el pueblo israelita desprecia la protección divina empieza a cosechar el fruto de tan nefasta elección. Lo mismo sucede hoy en nuestro planeta. La humanidad se ha alejado de Dios, la ha rechazado y lo ha reemplazado por medio de la especulaciones científicas, las supersticiones religiosas, el engaño doctrinal y la autosuficiencia humanista. ¿Qué podemos esperar entonces? ¿Qué podemos reclamar? No es una actitud madura ni coherente pretender la protección de Dios para luego olvidarse de Dios.

4. Personalmente, creo, además, que estos corrimientos de las placas tectónicas son el resultado de una catástrofe universal que ocurrió hace unos 4.454 años aproximadamente, y que la Biblia denomina como el diluvio universal. El diluvio fue el juicio divino a una triste y desgraciada realidad que hoy la humanidad del siglo XXI sigue repitiendo: “Y vio Dios que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5). La humanidad se ha separado de Dios, y suele pasar que sólo nos acordamos de Dios cuando truena. Y como esta es nuestra realidad, Dios aprovecha algún que otro trueno para que el ser humano sea capaz de mirar hacia arriba y darse cuenta que lo que vale realmente la pena no es lo que pueda tener aquí sino lo que Dios en Cristo ha conseguido ya por él y quiere darle: un corazón puro, una mente nueva donde el bien reemplaza al mal.

5. Jesucristo ya nos advirtió que antes de su segunda venida habría guerras, rumores de guerras, hambre, epidemias, por cierto todos estos males son provocados por el mismo hombre, y también “terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:7). Todo son claros indicios de que su venida “está cerca, a las puertas” (Mateo 24:33).

6. El terremoto más terrible sucedió en ocasión de la crucifixión de Jesucristo. No en el sentido de ocasionar miles de víctimas, sino en el sentido de saber que la víctima estaba cargando voluntariamente con un terrible terremoto moral que nunca jamás llegaremos a comprender en toda su plenitud con el fin de salvarnos del devastador terremoto del pecado y la muerte (ver p. e.: Mateo 27:45-51; Lucas 23:44-47).

No fue mi intención convencer a la persona que motivó esta reflexión, ni tampoco pretendo convencer a nadie. Esa no es mi función. Tan solo pretendo dar una explicación plausible a estos tristes acontecimientos que últimamente son tan habituales (en el s. XIX se registraron 2.119 terremotos que causaron daños, y en el s. XX la cifra ascendió espectacularmente a más de 60.000 terremotos), y, sin duda, lo seguirán siendo. Por eso la invitación divina sigue resonando hoy con más fuerza y poder que nunca: “Vuélvete a mí porque yo te redimí” (Isaías 44:22).