Espejos
Es muy recurrida, y por supuesto oportuna, la figura del espejo para ilustrar de manera práctica y sencilla la función que cumple la Ley de Dios en la vida del ser humano. El uso de esta figura se remonta al primer siglo de la era cristiana y lo podemos encontrar en la propia Escritura, concretamente en la carta de Santiago:
Es obvio que por “Palabra”, Santiago alude al evangelio, y el evangelio de Cristo no excluye la Ley, sino que la incluye (ver Mateo 5:17-22). Esta ley ejemplificada en la vida de Cristo es definida por Santiago como la “Ley perfecta, la de la libertad”. Esa Ley no es otra que la Ley expresada en diez grandes principios a la que llamamos los Diez Mandamientos (ver Santiago 2:10-12; Éxodo 20:3-17).
También es cierto que la Ley, en realidad, no libera a nadie de nada porque esa no es su función. La función de esa Ley es la de señalar el pecado (ver Romanos 7:7), y conducirnos al verdadero libertador, Cristo (ver Gálatas 3:24. Cf. Romanos 3:31). Y una vez el ser humano acepta a Cristo como su Señor y Salvador personal entonces es libertado del pecado (ver Juan 8:31-36. Cf. Mateo 1:21), es decir, libertado de seguir viviendo en transgresión, ya que pecado es transgresión de la ley (ver 1ª de Juan 3:4). En ese momento, la Ley es grabada en su corazón, en su mente (ver Ezequiel 36:25-27; Hebreos 10:16; Romanos 8:3, 4), y es capaz de andar en la libertad a la que Cristo nos llamó (ver Gálatas 5:1), la misma que él vivió.
Resulta evidente que en la cristiandad se ofrecen dos espejos. Uno es el “antiguo”, y el otro es el “nuevo”. En uno se puede leer “antiguo pacto”, y en el otro “nuevo pacto”. El espejo del “antiguo pacto” es capaz de detectar y señalar la suciedad que implica quebrantar cualquiera de los mandamientos de la Ley de Dios, incluido el sábado del cuarto mandamiento. Por el contrario, el espejo del “nuevo pacto” detecta todo tipo de suciedad relativa a nueve mandamientos, excepto el cuarto, el que tiene que ver con el sábado. El espejo del “nuevo pacto” parece ser que no detecta ese tipo de suciedad y eso parece gustar a muchos. Pero la pregunta es, ¿gusta a Dios?
Si estamos bajo el nuevo pacto, parece lógico y coherente que nos miremos en el espejo de la marca “nuevo pacto” y desechemos al espejo marca “antiguo pacto”. De ahí que muchos prediquen y proclamen que es tiempo de comprar espejos “nuevo pacto”, y tilden a los que siguen conservando los espejos “antiguo pacto” de legalistas, fariseos o cuanto menos, de fanáticos e ilusos por seguir conservando antigüedades que están obsoletas y desfasadas.
La realidad de todo esto, es que alguien por ahí (¿quién será?), ha sabido vender muy bien su producto: el espejo “nuevo pacto”, tergiversando la información y la realidad del etiquetaje. Ha hecho copias del verdadero y original espejo marca “pacto eterno”, y los ha puesto a la venta cambiando la marca y sustituyéndola por las dos mencionadas: “antiguo pacto” y “nuevo pacto”. Lógicamente ha conseguido que la gran mayoría de cristianos hayan preferido lo más nuevo y desechado lo más viejo, y lo que es realmente grave, hayan despreciado lo genuino y original: el espejo “eterno pacto”.
La Biblia habla de dos pactos contrapuestos: el antiguo y el nuevo, pero en realidad está presentando bajo la expresión “nuevo pacto” uno sólo: el pacto eterno de salvación, es decir, el compromiso de Dios en salvar a la raza humana del pecado y la muerte. Ese pacto fue presentado en el Edén (ver Génesis 3:15), confirmado a Abraham (ver Génesis 17:7), presentado por medio de Moisés (ver Éxodo 19:5; 24:8) e invalidado por los israelitas (ver Jeremías 31:31-33. Cf. Éxodo 24:7). Sin embargo, Cristo lo ratificará con su propia sangre, y por esta razón lo llama nuevo (ver Mateo 26:28), porque no hace más que renovarlo y rescatarlo de las vanas obras humanas desprovistas de la gracia y del poder de Dios.
No hay dos espejos, porque Dios no nos ha dado dos pactos. Y por eso tampoco hay dos evangelios, ni por supuesto dos leyes o maneras de salvar a la humanidad. Hay un solo pacto que no es otra cosa que la predicación del evangelio eterno que presenta la obediencia a la Ley de Dios como fruto de la salvación recibida por la fe en Cristo (ver Juan 14:15), y, evidentemente, esa Ley perfecta, la de la libertad, sigue diciéndonos a todos por igual: “Acuérdate del sábado para santificarlo” (Éxodo 20:8), ese mandamiento olvidado para una gran mayoría de cristianos.
Eso si, a la hora de ponerte en frente del espejo por excelencia, marca “eterno pacto”, no olvides encender la luz para que pueda mostrarte tus imperfecciones, y esa luz no es otra que el Espíritu Santo:

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