15 marzo 2010

El vuelo del tiempo

¿Te has dado cuenta que el tiempo vuela? (Es fácil percatarse de esta realidad cuando uno mira fotografías.) Y, ¿te has dado cuenta que cada uno de nosotros volamos con él? Es el vuelo del tiempo, un vuelo que no perdona a nadie. Todos estamos sujetos a él, y no podemos hacer nada para evitarlo, nada, absolutamente nada puede evitar nuestro tiempo restringido de vuelo en esta tierra.

Moisés escribió lo siguiente: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que entre la sabiduría a nuestro corazón… porque volamos” (Salmo 90:12, 10). La canción que puedes escuchar y visualizar habla del vuelo del tiempo, pero no estoy seguro si hace mención a la sabiduría que todos necesitamos para que el vuelo sea lo más agradable y seguro posible. Moisés estaba haciendo referencia a la sabiduría que viene de Dios. Esa sabiduría te hace ver otras realidad que el ser humano no está tan dispuesto a aceptar: somos seres caídos necesitados de redención, por tanto, necesitados de un Redentor, es decir, necesitados de Jesús.

¿Qué es la sabiduría de la que habla la Escritura y en qué consiste? La sabiduría es aceptar la voluntad de Dios, es respetar a Dios y aceptar su verdad y sus promesas. Nuestro limitado tiempo de vuelo por esta vida es aprovechado mejor o peor dependiendo de la voluntad de cada individuo. El instinto de supervivencia hace que el ser humano trate de llegar más alto y de tener más, y aunque no siempre lo consigue, esa parece ser la tónica a seguir. Dios tiene una visión muy diferente de las cosas: la vida que nos ha concedido debe ser un medio para encontrar el sentido de la existencia y el secreto de la persistencia en el tiempo. Ambas cosas se encuentran en Dios. Por supuesto, todo o que ocurre a lo largo y ancho o estrecho del camino estará condicionado por mi aceptación o rechazo de la sabiduría divina.

Tu viaje por la vida sólo puede trascender más allá de este limitado tiempo de vuelo cuando permites que el capitán de tu nave sea Jesús. Desde que descubrí esta verdad he aceptado gustosamente ser copiloto de mi mismo y permitir que sea Cristo quien capitanee mi existencia. Cómo Moisés, tuve la certeza que el tiempo vuela, y sentí la necesidad de buscar la sabiduría de lo alto.

Puedo imaginar que es lo que motivó a Moisés a sentir la certeza de nuestra transitoriedad. Una de las cosas que a mi me hace ser consciente de la fugacidad de la existencia humana son los amigos y conocidos. ¿Puedes recordar a aquellas personas que pasaron por tu vida? Seguro que si; unas se esfumaron para siempre y otras, afortunadamente, vuelven de nuevo. Y de nuevo, esas personas que vuelven a tu vida te recuerdan, entre otras muchas cosas, que el tiempo vuela, y con él nosotros.

Cuando miro atrás en el tiempo puedo recordar también a Cristo. Hay un momento del trayecto en el que nuestros caminos se cruzaron para no separarse nunca más. Y desde ese momento hasta hoy ese recuerdo es persistente y real. No quisiera dejar de recordarlo nunca. No quisiera que llegara un momento en mi vuelo particular en el que no pudiera o quisiera recordarlo, porque eso significaría que él ya no dirige mi vuelo.

Permitidme la siguiente paráfrasis de un conocido, vital y trascendente texto del apóstol Pablo, que me va a servir para concluir, no mi particular vuelo por esta vida, sino esta reflexión: “Ya no vuelo yo, sino que Cristo vuela en mí; y mi vuelo lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).