¿Charca o palacio?
Todo tiene un límite. Llega un momento en la vida en el que uno ya no puede más. Su mundo se desmorona porque otros lo han hecho añicos. El proyecto de vida ha sido dinamitado. Dos no discuten si uno no quiere, al menos eso dice el dicho. Y aunque eso es casi cierto al 100%, no sirve a la hora de aplicarlo al ámbito de la pareja, porque si uno quiere el matrimonio se rompe. A pesar de que uno se empeñe en salvar la convivencia matrimonial y familiar, si uno quiere todo se rompe.Lo más fácil es echar la culpa al que toma la decisión de dejar la casa. El que abandona y marcha, el que corre es el que se precipita. Lo más fácil, se puede pensar, es huir sin enfrentar la situación. Pero hay ocasiones en las que huir es la única solución después de haber enfrentado muchas veces la situación. ¿Tiene alguien que soportar amenazas continuas o golpes en la cara y en el alma? ¿Tiene alguien que soportar propuestas de vida totalmente opuestas a aquellas que se prometieron por voto matrimonial? ¿Estamos llamados a aguantar a zángan@s inmadur@s que después de dar el salto del tigre y del león en otras camas vuelven con la cola entre las piernas porque el deseo de sus ojos pecaminosos le ha dado puerta? Es más, ¿estamos llamados a sentirnos culpables porque a pesar de haber dado otra oportunidad al zángan@ inmadur@ no vemos signos de arrepentimiento ni de madurez a la hora de convivir en el hogar aportando esfuerzo, sueldo y cariño?
No es que huir sea la opción más fácil en estos casos, sino que huir es la opción. No hay otra. No la puede haber a menos que la parte dañada viva una vida de amargura e infelicidad por causa del egoísmo y la vanidad del otro.
Dios desea que seamos príncipes y princesas en nuestros hogares. Eso significa que nuestro hogar puede ser un palacio, “un pequeño trozo de cielo en la tierra” (White dixit). Pero que palo más grande cuando uno de los cónyuges se empeña en hacer de su palacio una charca porque se ha sometido a un proceso de involución, de príncipe ha pasado a ser un sapo y de princesa a rana (no existe en los cuentos la figura de una rana que se convierte en princesa ni a la inversa, pero eso poco importa).
El deseo de Dios, por supuesto, es que el príncipe o princesa venidos a sapo o rana evolucionen de nuevo a su estado normal original, y en algunas ocasiones esa evolución ha ocurrido. Pero si el sapo o la rana se empeña en seguir croando en una charca, y para colmo, no quiere hacer nada por evitar salir de la pestilente agua estancada en la que se encuentra, entonces ha llegado el momento de cambiar de hogar y de volver a construir tu propio palacio, porque en estos casos siempre es mejor “correr” que “ahogarte”. Y no porque “escapar de la charca” sea lo más fácil, sino porque “correr” en busca de un palacio se convierte en algo inevitable.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada