19 enero 2012

Galaxias


El vasto universo nos supera. ¿Infinito? Desde nuestra limitada y científica comprensión humana si. ¿Cómo se originó todo este complejo de millones y billones de estrellas y galaxias?, ¿una galaxia fue dando paso a la otra, y así sucesivamente?, o ¿aparecieron todas de golpe tras una gran explosión llamada “big bang” que algunos científicos tratan de reproducir con el llamado colisionador de hadrones?, o ¿quizás será que aparecieron unas cuantas que luego han dado paso a las siguientes?


Yo me quedo con el relato bíblico: “En el principio creo Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Algunos dirán que esta no es una posición científica, sino una posición de fe, y, por tanto, no probada. Pero, los que cuestionan el creacionismo bíblico, ¿se han parado a pensar que la teoría del big bang es sólo eso una teoría que tampoco ha sido probada? En realidad, se necesita la misma fe tanto para creer una cosa como la otra. Es una cuestión de elección, y yo ya lo he hecho: Dios.


Me pregunto, ¿qué pasaría si de repente son capaces de vislumbrar el modus operandi de la llamada “partícula de Dios”, y finalmente, el colisionador de hadrones es capaz de desvelar el origen del universo? Para mi no cambiaría nada. Tan sólo se estaría mostrando como la energía es capaz de transformarse. Luego tendrían que demostrar como esa energía transformable es capaz de generar cosas con sentido y aún más, explicar de dónde proviene la materia primigenia que dio origen a la gran explosión que supuestamente originó las estrellas y galaxias que alcanzamos a conocer hoy. De nuevo terminamos en los mismo, fe. Y es que se necesita fe, mucha fe, para creer todo esto.


No pretendo convencer a nadie que crea lo contrario de lo que yo y muchos más creemos. Simplemente trato de mostrar que el creacionismo bíblico es una opción inteligente y coherente al origen de todo el macro cosmos que nos envuelve y que nos supera por su infinitud.


Afortunadamente, no estamos dejados de la mano de Dios, al capricho de meteoritos o fuerzas que puedan terminar con la vida animal y humana, como algunos dicen. Si los dinosaurios, según la ciencia atea, fueron extinguidos hace millones de años por las fuerzas desordenadas de la naturaleza y el cosmos, ¿qué nos hace pensar que no pueda volver a suceder? De nuevo la llamada ciencia atea converge con la ciencia bíblica que me habla de una catástrofe natural llamada diluvio que significó, por así decirlo, un reset para el planeta tierra. Eso es algo que volverá a suceder, pero no por la intervención caprichosa e impersonal de las fuerzas de la naturaleza, sino por la intervención del Dios que nos creó con un propósito y nos redimió para vivir eternamente con Él.


Como dice el autor de la buena canción que puedes escuchar, Dios es la gracia salvadora de las galaxias y, por supuesto, del ser humano (ver p. e.: Tito 2:11-14). Cristo es la Estrella que da sentido y origen a todas las demás (ver p. e.: Números 24:17; Apocalipsis 22:16; 2ª Pedro 1:19; Juan 8:12; Colosenses 1:16). Por tanto, la mejor y más sabia elección, visto lo visto, ¿no será seguir a esta estrella tan especial, tal y como se nos revela en las Escrituras?



04 enero 2012

El otro lado de la "y"


Ya estamos en el enigmático 2012… y todo sigue más o menos igual: unos nacen y otros mueren, unos siguen empobreciéndose más en términos económicos y otros siguen chupando del bote a costa de aquellos que van perdiendo o ven limitado su poder adquisitivo, unos disfrutan con su equipo del alma y otros lamentan victorias ajenas, unos… y otros… Finalmente, todo se resume en lo que sucede a “unos” y lo que acontece a “otros”.


Pero, lo que quisiera resaltar es que, tal y como dice la Escritura, Dios sigue amando a “todos”. En estos tiempos de marcada crisis tanto económica como espiritual el mensaje bíblico sigue proclamando el amor de Dios a un mundo errático que sigue a lo suyo.


En este 2012, las cosas en el Remanente, siguen la buena y necesaria dinámica que prevaleció en el 2011: “R&R” (“Reavivamiento y Reforma”, no confundir con “Rock & Roll”). Quizás, como consecuencia a la tendencia innata al desequilibrio propia de la humanidad caída, casi siempre unos ponen todo el énfasis en el reavivamiento y otros acentúan la reforma, es decir, unos ensalzan el amor de Cristo y otros proclaman su mensaje doctrinal y profético con jotas y tildes incluidas. No hay nada de malo en todo esto. El problema está en descuidar el otro lado de la “y”.


Algunos no se dan cuenta que entre el término “reavivamiento” y la palabra “reforma” se encuentra la conjunción “y”, cuya función, en el caso que nos ocupa, es indicar una adición. Estos “algunos” sufren de lo que podríamos denominar como “confusión conjucional”, y en lugar de leer “reavivamiento y reforma”, parece que están leyendo “reavivamiento o reforma”, olvidando que la conjunción “o” indica que dos posibilidades se presentan como alternativas, de modo que cada una de ellas excluye a la otra.


Haríamos bien en definir el significado de “reavivamiento” y de “reforma”. La definición la encontramos en el diccionario del don profético, y dice así: “El reavivamiento y la reforma son dos cosas diferentes. El reavivamiento significa una renovación de la vida espiritual… una resurrección de la muerte espiritual. La reforma significa una reorganización, un cambio en ideas y teorías, en hábitos y prácticas.” (R&H, 25/02/1902).


Queda claro que el reavivamiento sólo puede ser producido por el poder de Dios. No es algo que nosotros podamos producir, sino algo que produce la Palabra de Dios cuando nos alcanza por y con el poder del Espíritu Santo. Por supuesto, que la predicación de esa Palabra tiene un claro y único protagonista: Cristo. Muchas buenas predicaciones ponen todo el énfasis en este aspecto con un adecuado enfoque cristocéntrico. Pero, ¿dónde queda la reforma?


La reforma es algo que no podemos hacer al margen de Dios por nosotros mismos, pero si que es algo que tenemos que decidir por nosotros mismos. En este punto soy yo quien decido establecer horarios, pautas y hábitos que favorezcan una vida plena. Resulta obvio que Dios no va apagar el televisor por mi a las doce de la noche, como tampoco va a evitar que coma más de lo que necesito o que abandone cierta práctica o hábito pernicioso. El resguardar las avenidas del alma y comer de manera saludable y temperante es nuestra parte. Dicho de otro modo, no era Dios quien debía derribar los altares de divinidades paganas en el antiguo Israel, sino todo lo contrario (ver p. e. Éxodo 34:12, 13, Deuteronomio. 7:5). Era el instrumento humano quien, alentado y motivado por la palabra divina, decidía realizar la acción propuesta (ver p. e. Éxodo 32:20; 2ª Crónicas 14:3; 23:17; 30:14; 34:7).


Hoy no puede ser diferente. Si queremos tomarnos en serio el llamado a experimentar un verdadero reavivamiento y reforma en nuestras vidas, debemos estar dispuestos a derribar todo ídolo que se ha erigido en el templo que cada uno de nosotros somos y erradicar así la mundanalidad que ha tomado a nuestras neuronas como antaño había tomado las calles de Jerusalén (ver Jeremías 11:13).


Y en este proceso no podemos olvidar los llamados que el evangelio nos hacen al cultivo de esas virtudes que Cristo exhibió en su vida, respecto a nosotros mismos y hacia aquellos que nos rodean: paciencia, sencillez, comprensión, mansedumbre, amor fraternal. El reavivamiento y la reforma tendrán sentido y propiciarán el retorno de Cristo cuando nos haga SER, es decir, cuando nos haga ser mejores esposos y esposas, mejores padres y madres, mejores hijos e hijas, mejores empleados y jefes, mejores miembros de iglesia y mejores pastores, en definitiva, mejores cristianos.


El reavivamiento sin la reforma es fanatismo, y la reforma sin el reavivamiento es legalismo, así que no olvides nunca en este 2012 el otro lado de la “y”.

10 noviembre 2011

La vida sobre dos ruedas


La conducción de una moto me parece algo apasionante porque te proporciona una sensación de libertad como pocas cosas pueden ofrecer. La moto te mueve a ti, pero tu la mueves a ella girando tu cuerpo y enderezándola de nuevo tras la curva con un fino movimiento de cadera. Se produce una fusión entre máquina y piloto perfecta. Realmente, la conducción de una moto es todo un privilegio. Y el privilegio siempre debe ir acompañado de la responsabilidad. Ambos conceptos van juntos y no los podemos divorciar nunca. Una mala caída puede tener consecuencias fatales. La conducción debe ser sensata y segura, es decir, responsable, sin maniobras arriesgadas ni precipitaciones o de lo contrario podría producirse una caída que podría resultar fatal.

La vida de casi cualquier ser humano se parece mucho a ir en moto. El acto de vivir se aprecia a medida que vas quemando etapas. A esto se le llama “vivencias”, y éstas, las vivencias, son las que, finalmente, conforman nuestro carácter y la manera de afrontar la vida. Esto, sin duda, es un privilegio que comporta nuevos retos, nuevas perspectivas, nuevos desafíos, y nuevos planteamientos para enfrentar los viejos problemas de siempre que nos afectan a todos por igual. Y ahí precisamente, es donde entra en juego la responsabilidad. La vida es un privilegio cuando la vives con responsabilidad. Ese es el mensaje bíblico que el ser humano ha tenido que aprender desde la caída en el pecado. Esa caída resulto fatal por usar mal el privilegio que nos fue dado, vivir con libertad. De este modo, el privilegio de la libertad sin la compañía de la responsabilidad resultó en un desastre que es evidente: muerte, llanto, clamor y dolor. Desgraciadamente, la responsabilidad no es inmune a estas experiencias negativas.


Dios prometió salvarnos de las consecuencias nefastas de nuestra falta de responsabilidad y de las experiencias negativas que derivaron de ella, y cuando vino “el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4), Dios, en la persona de Cristo, lo hizo, cuando el tomó sobre sí mismo la muerte, el llanto, el clamor y el dolor (Apocalipsis 21:4). Durante toda su vida, Jesús nos enseñó a vivir con responsabilidad. Tengo algún reparo en decir que para Él, hacerse hombre fue un gran privilegio por el hecho de que a nadie le gusta ir de más a menos (ver 2ª Corintios 8:9). Más bien, creo que dejando el privilegio de ser Dios y actuar como tal en su esfera natural, tomó en sus manos la responsabilidad de la salvación de la raza humana (ver Filipenses 2:6, 7). Y eso pasaba por nacer, vivir y morir. Enorme responsabilidad que, afortunadamente, no quiso eludir (ver Mateo 16:21-23; Juan 12:27) y no eludió (ver Mateo 26:39; 53-56). Pero debo admitir que para Dios fue un privilegio amarnos y mostrar ese amor asumiendo una responsabilidad que le suponía enfrentar el sufrimiento y la muerte (ver Juan 3:16).


Para Dios, pues, la responsabilidad ejercida se convirtió en el mayor de los privilegios: vivir una vida de obediencia a la voluntad de Dios y de servicio al prójimo. Esa es la vida plena, privilegiada y responsable, que Jesús quiere otorgarnos (ver Juan 10:10). Desafortunadamente, me da que son muchos los que viven esta vida reclamando privilegios, y evitando responsabilidades, tanto dentro como fuera de la iglesia. Cual motero advenedizo o insensato, disfrutan del privilegio de una conducción poco responsable sin reparar en las consecuencias que esto puede acarrear. Asumen riesgos innecesarios fruto del orgullo, del egoísmo, de la pasión descontrolada, de la ignorancia voluntaria... en definitiva del pecado que nos mancilla y nos aliena del tomar conciencia de nuestro verdadero privilegio: ser hijos de Dios, y de nuestra gran responsabilidad: comportarnos como verdaderos hijos de Dios.


Son muchos los que viven sin haber aprendido a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios tal cual fue expresada en la vida de Cristo. La Biblia sigue proclamando la Buena Noticia de la salvación por medio de la fe en Cristo, y también la responsabilidad de una vida consecuente y coherente con la voluntad divina en todos los aspectos de la vida que no es dada.


¡Disfruta el privilegio de vivir responsablemente para Dios en casa, en la iglesia y en la sociedad!



13 julio 2011

Deformadores


El s. XIV fue testigo del nacimiento de un hombre que cambiaría la historia del cristianismo. Ese hombre llamado Juan Wiclef marcó una época en la historia de la verdad bíblica, y fue el pionero o padre de los llamados en el mundo protestante “reformadores”. Sus dos grandes lemas fueron:

1. La salvación por medio de la fe en Cristo.

2. La infalibilidad única de las Sagradas Escrituras.


El llamado Movimiento Adventista surge en un contexto histórico peculiar definido en la profecía bíblica. A partir de mediados del s. XIX la verdad bíblica siguió alcanzando hitos gracias al estudio e investigación de hombres y mujeres que usados por Dios redescubrieron la importancia del sábado como día de descanso y adoración, así como de otras importantes doctrinas bíblicas, entre otras, la no inmortalidad del alma, el santuario, la segunda venida de Jesús.


En la historia de un movimiento, cualquiera que sea, es inevitable que siempre surjan personas que en su afán de querer hacer muy bien las cosas, descubren otras verdades que no habían sido verificadas con anterioridad y que, por tanto, habían quedado ocultas. Este hecho que a primera vista parece bueno, loable y necesario, en algunas ocasiones no lo es. Y no lo es porque, en su particular visión de las cosas, esas verdades que ellos han redescubierto, en realidad, dicen ellos, han sido ocultadas intencionadamente. Desde ese momento, la conspiración está servida. Pero la pregunta es: ¿Hay evidencias suficientes como para creer que estamos verdaderamente ante una conspiración en la Iglesia Adventista, o se trata más bien de teorías conspiratorias lanzadas por "conspiranóicos" (dícese de aquellos que siempre buscan, y terminan encontrando (¿?), o mejor dicho inventando los tres pies al gato)?


Lo último en conspiraciones dentro del adventismo viene de la mano de un grupo de personas que afirman que la Trinidad es una doctrina católica y por tanto equivocada, y eso convierte a la Iglesia Adventista en Babilonia (confusión). Me pregunto como pueden ignorar que Babilonia está constituida por las falsedades del domingo como día de adoración y la inmortalidad natural del alma, principalmente, y nunca por la trinidad. Por supuesto que en sus argumentaciones no faltan las citas bíblicas, así como las citas de algún padre de la iglesia, y, como no, las citas del espíritu de profecía más reciente, pero, eso sí, las originales, las manuscritas y no las editadas por el White State, que según ellos están manipuladas y por tanto conducen al error. Por eso, “es necesario hacerles frente y oponérseles, no porque sean hombres malos, sino porque enseñan errores y procuran poner sobre la mentira el sello de la verdad” (Iglesia Remanente, 81).


Se me antoja que esta clase de personas más que reformadores, son deformadores por dos motivos fundamentales:

  1. No atienden más a que a sus propias razones e ideas. No ocurrió así con los auténticos reformadores del pasado, a quienes la iglesia "oficial" de aquel entonces, la católica, no supo dar respuestas bíblicas coherentes ni convincentes a un claro “así dice Jehová”.

  1. Actúan por inducción y no por convicción. Los reformadores actuaban movidos por sus convicciones personales acerca de las Escrituras en contraste con los errores que predicaba el papado. Nunca fueron rebatidos con argumentos, sino por medio de la coacción y la amenaza. Los deformadores actúan por ciertos resentimientos que los llevan a forzar la verdadera historia de las cosas y en algunos casos niegan rectificar su postura cuando sus argumentos son respondidos y neutralizados por medio de una contraargumentación sólida y coherente.

Ante la propaganda del deformador cuida bien tu corazón, y no permitas que ninguna raíz de amargura, rencor o resentimiento del pasado respecto a un hecho o a un hermano de iglesia te pase factura en el presente. Suele pasar que estas tres palabras recién mencionadas que empiezan por “r” son las que casi siempre inducen a dar pasos precipitados que conducen a sendas extraviadas.


Lamentablemente estas nuevas corrientes deformadas ignoran mensajes claros y reveladores que ponen de manifiesto la deformación de sus aseveraciones y que ya fueron utilizadas en el pasado para advertir a los pioneros de la deforma:


“En el folleto publicado por el Hno. S. y sus asociados, acusa a la iglesia de Dios de ser Babilonia, e insta a la gente a separarse de ella. Esta obra no es ni honrada ni justa. Al compilar ese trabajo, han usado mi nombre y mis escritos para sostener lo que yo desapruebo y denuncio como error… No vacilo en decir que los que insisten en llevar adelante esta obra están sumamente engañados.” (IR, 48).


“Durante años he dado mi testimonio en el sentido de que cuando se levantan personas con la pretensión de tener gran luz, y sin embargo abogan por la demolición de lo que el Señor ha estado edificando por medio de sus instrumentos humanos, esas personas están muy engañadas y no trabajan en colaboración con Cristo. Los que aseveran que las iglesias adventistas constituyen Babilonia, o una parte de Babilonia, deberían quedarse en casa.” (IR, 49).


Por cierto, ¿alguien puede realmente creer que Jesús volverá el 15 de octubre?


“Estamos cerca del fin, pero si a usted o a algún otro seduce el enemigo y lo induce a fijar la fecha de la venida de Cristo, estarán haciendo la misma mala obra que causó la ruina de las almas de los que la hicieron en lo pasado.” (IR, 92).


Si una cosa me queda clara después de leer esta cita y las famosas citas bíblicas sobre este tema (Mateo 24:36; Hechos 1:7), ¡es que Cristo no volverá el 15 de octubre!

08 julio 2011

Poderes


Lo quieras reconocer o no, tan sólo existen dos poderes en este mundo que controlan tu vida. En estos días en los que se habla de falsas democracias, sociedades secretas, club billderberg, iluminatis, así como otro tipo de teorías conspiratorias a cual más retorcida (a esto creo que se le llama "conspiranoia"), la realidad es que como ser humano estás bajo la influencia de dos poderes: el poder del pecado y el poder de la ley.


Pablo explica claramente esta realidad en el capítulo 7 de Romanos. Allí nos presenta su propia experiencia. Es la experiencia del hombre que es plenamente consciente de su propia incapacidad para obrar el bien que Dios desea para cada uno de nosotros. De sobras son conocidos los pasajes en los que Pablo habla de estas cosas (ver Romanos 7:14-15, 18-21).


Pablo toma conciencia de esta realidad cuando el poder de la Ley de Dios resuena en su mente con toda intensidad y le hace sentir su culpabilidad. ¿Cómo es posible que en el pasado, aún conocedor de la Ley de Dios, de los 10 mandamientos, nunca me hubiera sentido así respecto a mí mismo?, se preguntaba. Pues, sencillamente, porque, cómo él mismo dice, su conciencia no había sido despertada a la verdadera realidad de la Ley, es decir, al verdadero poder de la Ley que nos lleva a ver y a reconocer nuestra deplorable e impotente condición humana (ver Romanos 7:8-12). Por mucho que lo intentes nunca llegas a ser lo suficientemente bueno para satisfacer las demandas de la Ley.


La pregunta es, ¿cómo es posible que millones de personas vivan ignorando esta cruda realidad? Y la respuesta viene en forma de ilustración: Si colocas 100 Kgs. de peso sobre un cadáver permanecerá insensible, pero si esos 100 Kgs. son colocados encima de una persona viva, tratará de evitarlos para seguir respirando, para seguir viviendo. La Ley es para el ser humano espiritualmente muerto un peso que no se siente, sin embargo, esa misma Ley cae y oprime con todo su poder a aquel que es sensible a la voz del Espíritu, quien convence de pecado (ver Juan 16:8). Pablo llegó a lamentar su situación: “Miserable hombre de mi!, ¿quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Yo lo pregunto de otro modo, ¿cómo escapar de esta condición agobiante? ¿Será que lo mejor es ignorar todo lo que huela a religión y enviar la Biblia al garete? Pablo conocía la respuesta a su angustia existencial, porque conocía perfectamente al tercer poder que viene a romper el poder del pecado que nos domina: “Gracias doy a Dios, por medio de Jesucristo nuestro Señor” (Romanos 7:25).


Si te sientes identificado con Pablo, entonces, también te habrás identificado con Cristo. Si, por el contrario, nunca has sentido el poder de la Ley inflamando el poder de tu condición caída y pecaminosa, entonces, es que muy posiblemente seas un muerto en vida. Y si alguna vez has sentido el peso agobiante de la culpa y la miseria humana y has tratado de zafarte de esa realidad por tus propios medios, nunca llegarás al punto de sentir la verdadera liberación, si el poder que controla tu vida no es el de Cristo.


La solución pasa, no por ignorar o despreciar al primero de los poderes en liza, la Ley de Dios, una ley santa, justa y buena, sino por reconocer el segundo poder que está presente en todo ser humano, el poder de nuestra propia naturaleza humana caída, tal y como Lutero expuso magistralmente al decir: “Tengo más miedo de mi propio corazón que del papa y todos sus cardenales” (en aquellos tiempos el papado inspiraba terror a todo aquel que difiriera de sus dogmas). Y todo esto para aceptar el tercer poder en cuestión, que en realidad es el primero, el poder de Cristo, el único poder que es capaz de ofrecerte perdón y poder para vivir una vida que esté en perfecta armonía con la Ley de Dios.

27 abril 2011

Los rockeros no van al infierno


Tópico clásico del posmodernismo más reciente es el que dice que los rockeros van al infierno. En realidad esta frase acuñada años ha por el grupo de rock español Barón Rojo es el opuesto a las santidad recalcitrante y farisaica de la que hacen gala algunos y algunas denominaciones religiosas más que otras con sus presuntos ataques a todo lo que huela a rock.


Pero nada más lejos de la realidad, porque ni los rockers, ni los punks, ni los hells angels, ni nadie pasará el resto de sus días en un lugar que no existe. Qué absurdo, y por ende paradójico, que el infierno se haya convertido en la bandera de todas aquellas personas (principalmente en el mundo del metal) que han rechazado y aborrecido a la iglesia que dice representar a Dios y que fraguó una de las mentiras más increíbles y universales que alguna vez hayan existido: el infierno. Si lo de las armas de destrucción masiva fue una mentira a todas luces demostrada, el infierno es la mentira del medievo a todas luces defendida, no sólo por el sector católico, sino también por el protestante. Y eso es precisamente lo desconcertante.


No asombra que el catolicismo siga en sus trece con la tarea de dogmatizar, que ya no asustar, con el infierno. Pero sorprende que la mayor parte del protestantismo actual mantenga como una doctrina verdadera una falsedad del tamaño de una catedral. El hecho de que los grandes reformadores no se metieran directamente con el engaño del infierno, no significa que hoy no tengamos que revisarlo. Ellos no lo “vieron todo”, y la Reforma no concluyó con ellos.


Hace poco se publicaba un libro escrito por el pastor Rob Bell, titulado Love Wins (El amor triunfa), donde, entre otras muchas cuestiones, deja entrever la falsedad del infierno. Pero parece que eso tan sólo ha sido un espejismo pasajero si tenemos en cuenta sus últimas declaraciones respecto al tema, según las cuales mantendría su creencia en el infierno.


Me pregunto, ¿dónde queda el espíritu que movió a los reformadores a luchar contra el error doctrinal promovido por la “Santa Madre Iglesia”?, ¿dónde están aquellos pastores que como sus predecesores se enfrentaron al error y a la tradición aun a costa de sus vidas (aunque hoy, afortunadamente y de momento, esa no sea la realidad que nos toca vivir)? Claro, claro, están por lo que realmente es importante: ayudar, animar, sostener, educar… Desde luego, que todo esto es importante pero siempre desde un marco correcto y bíblico, en el cual, sin ningún lugar a dudas, el infierno no tiene cabida alguna.

Tan aborrecible es para Dios el hecho de no ayudar, no animar, no sostener, no educar, como el hecho de no decir la verdad. Y no hay nada que moleste y ofenda más a Dios, y si no me crees toma una concordancia bíblica y compruébalo, como la mentira, la falsedad, la tergiversación de las cosas, de sus cosas.


07 abril 2011

Pirómanos religiosos


De piedra me quedé cuando escuche la noticia de la quema de un Corán a cargo del Sr. Terry Jones. Me cuesta poner la abreviación de “pastor” (Pr.), porque un pastor, sea de la denominación que sea, no está llamado a realizar actos de semejante naturaleza que tan sólo hacen que alimentar el odio y el resentimiento.

Yo, como el Sr. Terry Jones, no soy musulmán. Soy cristiano porque considero que la Biblia tiene suficientes argumentos en sí misma para creer en ella como la Palabra de Dios. Quizás el Sr. Jones pueda llegar a justificar la quema del Corán arguyendo al episodio donde unos conversos al cristianismo quemaron libros de magia que ascendían a un valor realmente elevado (Hechos 19:18-20). Aquellos libros de magia, seguramente, no eran representativos de una comunidad sino de unas prácticas ligadas a la superstición, probablemente relacionados con el culto frigio a la naturaleza. Cabe notar que fueron los propios dueños de esos libros quienes tomaron la iniciativa de quemarlos. Nadie lo hizo por ellos, ya que Pablo y los otros apóstoles que extendieron el cristianismo no fueron abanderados de la quema de los símbolos religiosos de los pueblos que visitaban.


Cierto que en el Antiguo Testamento encontramos episodios donde los altares de cultos idolátricos y las imágenes de dioses cananeos era destruidos en el territorio de Israel, pero en ese contexto eso tenía sentido. Se trataba de restablecer el culto al verdadero Dios creador del cielo y de la tierra que estaba siendo suplantado por el culto a otros dioses, que evidentemente no lo eran. Cosas como orgías y sacrificio de niños eran prácticas asociadas a este tipo de culto. Esta situación desviaba al pueblo de Israel de las bendiciones que el verdadero culto a Yhweh confería.


Yo, como el Sr. Terry Jones, creo en Jesucristo, y sin embargo no aprendo eso de ir quemando Coranes de su persona. El episodio del pedido de Juan y Santiago de quemar a una población samaritana (Samaria rivalizaba en culto con Jerusalén), por no haberles hospedado es significativo (Lucas 9:51-56). Es verdad que Juan y Santiago hablaban de quemar personas, y el Sr. Jones ha quemado páginas, pero esas páginas son la referencia de millones de personas que merecen ser respetadas. Dios nos ha hecho libres, y esa libertad pasa por escoger la forma de religión y culto que mejor me parezca, aunque esa forma de culto se aparte del canon establecido por Jesucristo.


Yo, como el Sr. Terry Jones, detesto el fanatismo religioso que induce a ciertas personas a asesinar a aquellos que no piensan como ellos. No era necesario quemar un Corán para provocar las más bajas pasiones del sector fanático musulmán. Si sabes como son algunos, ¿para qué provocarlos? La intolerancia y el no respeto al otro que cuatro descerebrados practican y animan en otros incautos son situaciones condenables en sí mismas, pero siempre por medio de las palabras y nunca por medio de actos que recuerdan a otras épocas, y no precisamente de la historia del islamismo, sino de la historia del catolicismo.


Yo, a diferencia del Sr. Terry Jones (y ojalá me estuviera equivocando), sigo recordando y protestando contra el genocidio de miles de cristianos asesinados a fuego y espada a manos de aquellos que profesaban ser cristianos y que, de esta manera, en nombre de Dios exterminaron a miles de personas que adoraban al Señor según su conciencia.


Y yo, al igual que el Sr. Jones y seguramente que tu, necesito quemar mis prejuicios, mis resentimientos, mis rencores, mi autosuficiencia, en definitiva, el pecado.